TEXTOS

La descarnación detrás del rostro virginal
Entrevista con Darío Meléndez acerca de la muestra Tilma porca por Noé Cárdenas.

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La Encarnación como asentamiento de la identidad sexual
Entrevista con Darío Meléndez Manzano sobre su instalación "Divino Rostro" por Noé Cárdenas.

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Por una defensa a la persistencia
Esta es como la tercera vez que intento escribirte, tuve que salir de mi pieza a dar unas vueltas a la manzana para que se me quite lo nerviosa. Te escribo desde una taquería y me di cuenta lo lejos que estamos. Aun no entiendo que hago en ciudad de México. De pura curiosa me vine, para seguirte, para que pienses que soy valiente. Quiero que nos recordemos cuando casi nada nos inspiraba temor, solo los cuicos olorosos y sus cuerpos juveniles, pero creo que a ti eso no te hace falta. Recordar. Siempre me dijiste las circunstancias hacen a las personas, y determinan sus acciones. Pase tanto tiempo en Chile que pensé que yo también era triste. Ahora me gustaría que nos regaláramos palabras bonitas y no pensáramos en lo que hace falta. Cuando con voz grave decíamos: estamos enclavados en la pintura, y regodeándonos de titubeos, sin ninguna pericia para demandar, nos parecía que ese quehacer estaba obsoleto. ¿Qué lo hacía oler a descomposición? Yo infería detalles temporales, de materias, de técnicas. Amaneramiento tal vez, de las higiénicas galerías gobernadas por esa gente que le temíamos. Deambular a paso de hormiga y articular recorridos secretos. Pero lo pasábamos mal si la emoción conducía a caminos errados. Estábamos convencidos, un ojo atento que describa el mundo, una forma de aferrar y de mirar. Ineludiblemente reconocíamos: la pintura es un acopio de imágenes, de vivencias, un rastro de material en una superficie cualquiera. Pero eso no nos bastaba para seguir adelante.
Queríamos pinturas que sufrieran como la gente, más dolorosas que los cristos de las iglesias, y que se rebelaran de sus muros. Para poder tomarse una cerveza con ellas y hablar de lo bueno
que es el pan con mantequilla. Queríamos una pintura para hacerle cariño. Una para que nos cuide.
Pero nos pasábamos todo el día enojados. Viendo como las pinturas, con sus telas y sus marcos pasaban por un periodo depresivo. Yo se las regalaba a mi madre y le decía, guárdalas en una caja y nos las dejes salir hasta que se pongan contentas. Y estando aquí, después de dar vueltas a la manzana es que me doy cuenta que ni el camino de preguntas que me hice, asoman la pintura que siempre quise conocer. De esa bien brava que habita a unas cuadras de mi casa. Recogido en los márgenes de la pintura, Dario Melendez decidió ver de cerca, como quien esta destinado a extender nuestros sentidos, las recopilo como huellas de persistencia. Se le concedió develar la palabra encarnada, para agitar la voz singular (y la necesidad) de eso que denominan identidad, que en su ajuste de modificaciones, en sus bordes, repliegues, y en sus formas cambiantes, se extiende hacia lo marginal para erosionar fijezas.
Estas pinturas, las que guarda Dario, no entienden palabras graves ni intelectuales, solo les gusta hacer el amor. Son pinturas coquetas, quieren ser empuñadas y penetradas. Te miran fijo. Para que seas intrépido como ellas. Ojala, algún día, les hagan un lugarcito donde ir a dejarle flores y sacarle fotos. Por que como no entienden, se quieren ir rápido y hay que llevárselas atrapadas en un paño. Son la huella que se apoya firme después de un día de inventarse a uno mismo, la apuesta de una máscara. Que de tanto desear ser otro, se ocultan en capas de maquillaje y pestañas postizas. Y nosotros llenos de mentiras, pensamos que la vergü̈enza pasa de largo y no se queda atrapada haciéndonos sombra. Ellos, los travestis, enamorados, obscenos, inquietantes y rabiosos, que sueñan con un disfraz que los esconda como a nosotros, utilizan la pintura como el artificio que siempre ha sido y se la entregan doblada a Dario en un paño con un rostro como si durmieran. Yo sé que no duermen. Y esa tela es la palabra que siempre se quedó guardada. Las ganas de una máscara perpetua. La huella de la pintura más linda que he visto.

Marcela Duharte

 

Desnudar el alma marginal
Acerca de Divino Rostro por Juan Carlos Reyna

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